Reloj no marques las horas

Desde hace varias semanas, tenía pendiente sentarme a escribir, pero las múltiples ocupaciones de la vida de mamá moderna, esposa, profesional y amiga parrandera, me habían alejado de las letras.

En un acto de contrición eterno, me daba golpes de pecho, por no sacarle tiempo a mi labor de bloguera. Pero la vida se encargó de hacerme sentar en el sofá -ese mismo con cuya pata me fracturé un dedo- para aprovechar mi incapacidad y darle vida a estas letras.

Hoy, el protagonista de esta historia es el estrés y la relación que tengo con él. Mi entrañable amigo, con el que no he podido -ni he querido- partir cobijas. Un atributo tan presente en mí, que si algún día desapareciera, me sentiría incompleta y caminaría -como ahora lo hago- cojeando por la vida.

Todo se remonta a mi infancia, al ejemplo que recibí de mi papá: un hombre íntegro, trabajador incansable, honesto, y sobretodo puntual. Si no fuera porque nació en las montañas de Medellín, y se crió en el Valle del Cauca, podría pensarse que mi progenitor era un Lord inglés.

De él aprendí el valor de llegar a tiempo, de tomar precauciones para no hacer esperar a nadie y de hacer de mi reloj, mi mejor consejero. Mi viejo también me cultivó el valor de cumplir con mi palabra, y asumir cada labor y compromiso, con suma responsabilidad y entrega.

Así pues, este programa del estrés fue almacenado en mi disco duro y aún con numerosas defragmentadas, no se digna a desparecer de mi sistema operativo.

Desde temprana edad, nos hicimos camaradas. Siendo estudiante de primaria, debía levantarme de madrugada para desayunar, y salir muy bien peinada, y a tiempo, a esperar en medio de la neblina Bogotana, el bus escolar. Esta situación de estrés cotidiano, me marcó tanto la existencia, que aún hoy, tengo pesadillas en las que sueño, llena de angustia, que el bus del colegio me deja.

foto tomada de pintetest

Su compañía ha sido latente, de hecho, es él quien quiere asumir el rol protagónico, en los momentos más importantes de mi vida. Estuvo en primera fila durante la presentación de mi documental en la universidad. Me custodió durante diez semestres, manifestándose en cada parcial y cada entrega final. Era él, el encargado de ponerle adrenalina a mi carrera contra el tiempo, para poder entregar ese reportaje, escrito a maquina, mientras corría por el puente de la Sabana.

Este intruso, no se pierde ninguno de mis viajes, de hecho, se amanguala con la ansiedad y me producen insomnio la víspera de viajar. Y qué decir de las entrevistas de trabajo? Este señor, se encarga de tomar la vocería y hacerme, por momentos, dudar de mi experiencia y capacidades profesionales.

Sin embargo, hace unos meses, antes de partir de vacaciones para Colombia, logré deshacerme de él: a mi inherente compañero lo dejó el avión. Así pues, crucé el atlántico y disfruté de los días más tranquilos y relajados de mi última década.

Pero la dicha duró poco, pues a mi regreso, estaba ahí, esperándome, como si nunca nos hubiéramos separado. Con el rechinar de las llantas sobre la pista, sentí de nuevo su presencia y su asertiva e inconfundible voz. Sin darme tregua, asumió su rol controlador, y con su tono nervioso, me dio el mensaje de acelerar el paso, pues el tren que debía tomar para regresar a casa, partiría a las 18 horas y 11 minutos.

Llegar a tiempo se ha convertido en mi obsesión, y lo más irónico es que estoy rodeada de impuntuales: mi esposo, mis amigas, mi familia y hasta algunos ex amores, se han encargado de hacerme víctima de la eterna y aburrida espera. A veces, sólo se trata de un cuartico de hora, otras tantas, la espera se ha extendido a lo que dura un noticiero (incluída la sección de farándula).

tiempo
foto tomada de Pinterest

Lo admito, soy una esclava del tiempo, vivo en función de él y residir en una sociedad como la Belga no me hace la vida más fácil, todo lo contrario.

Aquí, la precisión es inherente y al impuntual se lo lleva el putas. El bus y el tranvía pasan a la hora exacta por el paradero, al tren toca subirse a la hora que es, o le cierran la puerta en la cara, las clases de natación de los niños empiezan puntualmente, así como las reuniones en la oficina y las citas médicas.

Pero estoy convencida de que mi nivel de estrés, se ha incrementado con mi condición de migrante. Aquí no hay bus escolar, así que uno se convierte en el bicitaxista de turno, llevando y recogiendo a los retoños del colegio y sus actividades extra curriculares. Aquí no hay empleada del servicio, que madrugue para alistar los uniformes, el desayuno y limpiar la casa. Esta mítica figura, limita su presencia a tan sólo 4 horas semanales. Y qué decir de la niñera, que se reserva a cuidar a mis enanos, cuando nos damos una escapadita, a uno que otro evento nocturno.

Pero no todo es negativo, la presencia del estrés, tiene sus encantos: me ha hecho una maestra en el arte de la planeación. Es así como cada acontecimiento importante, es merecedor de su “to do list”. Una lista digna de enmarcar, en la que no hay detalle que se me escape: una enumeración inagotable de las cosas a empacar, las cuentas por pagar o las llamadas por hacer. Dándome al final del día, la satisfacción de tachar varios de los items y sentir que el día fue productivo.

Otra maravilla de mi puntualidad, es que me he vuelto la evidencia, de carne y hueso, de que no todos los latinos somos impuntuales. De mí se dice que soy la “Europea” de la casa, por aquello de mis habilidades maniáticas, para manejar el tiempo, y la planeación de eventos y actividades.

Pero esta esclavitud, me está complicando la vida, influye mis decisiones a largo plazo y evita que me goce el aquí y el ahora. El estrés me roba la magia del momento presente, me inhibe de disfrutar cada segundo, por estar pensando en lo que vendrá después.

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foto tomada de http://objetivomalaga.diariosur.es/

Así pues, mientras pedaleo por llegar a tiempo a una entrevista de trabajo, con el corazón latiendo con más afán del que llevo, recuerdo esa canción de Los Panchos que tanto le gustaba a mi viejo y empiezo a tararearla…

“Reloj no marques las horas…. porque voy a enloquecer… Reloj no marques las horas”

4 thoughts on “Reloj no marques las horas

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  1. ¡Cómo me gustan tus anotaciones! Esta nueva entrada me cala perfecto porque este “chico” y yo no somos de amores pero tampoco de desamores y por esta temporada estamos de pelea en la cual me va ganando.

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  2. Mi vecinita querida, las múltiples ocupaciones me alejaron de tu blog pero aqui vuelvo cual perro fiel, sacándole un tiempito a tus letras. El tiempo mejor invertido de esta mañana fue leerte! Sigue escribiendo!

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