Aires de navidad

Imposible despedir el 2017 sin abrir la puerta de esta habitación, esa que está llena de anaqueles con álbumes de nostalgia y enciclopedias que registran recuerdos de infancia.

Su ventana, decorada con guirnaldas y luces de colores, es esa que con el vaivén del sereno y el viento capitalino, deja escapar un olor a clavo y canela, a pólvora y aguardiente. Aquí se escuchan cumbias, porros y las inocentes voces entonando villancicos.

Aquí revive el léxico tradicional: el Benignísimo Dios de infinita caridad, la soberana María, el dulcísimo Niño Jesús, la tal oveja arisca y el cordero manso; palabras que resuenan en mi mente y evocan las novenas de aguinaldos.

Mientras escribo, Pastor López se hace también presente con su “vamos a brindar por el ausente, que el año que viene este presente” y me transporta en el tiempo a las calles de Morato, ese barrio que me vio nacer.

Subo de nuevo y con afán esas escaleras de la casa paternal, para asomarme por ese balcón y contemplar así, y desde la distancia ese árbol de navidad, ese miembro de la familia silencioso, que vivía en el exilio durante 11 meses.

Sus ramas color aluminio, reflejaban las luces de colores, debajo de él se escondían los sueños de un par de niñas, queriendo descubrir los secretos de la llegada del Niño Dios. Su base plateada albergaba montones de regalos, de él colgaban frágiles y coloridas bolitas, acompañadas de los recuerdos de innumerables novenas bailables, con los Jaramillo, los Hurtado y los Díaz.

En la calle 103 quemamos pólvora, elevamos globos de papel, y nos emocionamos tomando aguardiente, mientras aprendimos a bailar con los tíos y vecinos al ritmo de José Barros, el grupo Niche y Héctor Lavoe.

Hoy, desde la oscuridad de mi tierra adoptiva, me dejo pues invadir por ese sentimiento, que sólo experimentamos los que vivimos lejos; ese dolor de pasar una navidad en la distancia, ese desafío de celebrar un diciembre, tan frío como el invierno, y tan carente de nuestras deliciosas tradiciones.

Desde el día de las velitas, se me hace la boca agua pensando en el sabor de los buñuelos, la natilla con salsa de moras, el tostadito del pavo horneado y el absoluto placer de desenguayabar con un “calentao” el 25 de dicembre.

navidadenny-edwardsEl exilio me ha obligado a adaptarme, a cambiar el alumbrado bogotano, por una visita al mercado de navidad, a traducir la palabra Navidad en Kerst, a cambiar el árbol de plástico, por el pino de verdad. Aprendí a reemplazar el sabor del aguardiente por el del Glühwein, el de los buñuelos y la natilla, por el mazapán y los chocolates.

No puedo mentir, aquí la navidad también tiene su encanto y sus tradiciones, pero siempre, todos los años, mi corazón vuelve a esos días soleados, en los que mi papá se encaramaba al techo de la casa, para llenarla de luces, como si fuera un pesebre. Todos los años regreso a esa cocina, verde y blanca, en la que mi mamá batía, con esmero y dedicación, la tradicional natilla de maizena de la abuela Matilde.

Ahora que soy madre, este periodo ha adquirido un color diferente, mis hijos me alegran y a la vez me hacen fantasear con celebrar de nuevo, un fin de año en la tierrita, al lado de mi mamá y mi hermana, rodeada de montones de tíos y primos.

Sueño con enseñarles a mis enanos, lo que significa Diciembre, ese mes en el que se reúne la familia entera a cantar, a bailar, a celebrar el fin de un año más. Quiero que entiendan porqué mamá se siente triste aún recibiendo regalos, quiero que entiendan el porqué de la nostalgia al oír esa lista en spotify, quiero que experimenten el cantar en vivo de un “tutaina tuturumá” y deduzcan por fin, que en Colombia es el Niño Dios y no Papá Noel el que trae los regalos.

No veo la hora de regalarle a mis hijos una navidad como las que yo viví durante 25 años; para que vean con sus propios ojos, que debajo del árbol, crece una montaña de regalos; que los años viejos sí se queman y que una vuelta a la manzana con maleta en mano y calzones amarillos puestos, nos garantiza un pronto regreso.

No veo la hora de oírles contar estas historias a sus amigos, mientras les dicen que todo eso es verdad y sólo es posible en Colombia, la tierra de sus raíces.

Y así mientras tecleo estas palabras, me es inelubible derramar unas cuantas lágrimas, recordando a Polito y Fanny (mis viejos), bailando muy enrrumbados, esa famosa tonada decembrina que dice “Otro año que pasa y yo tan lejos, otra navidad sin ver mi gente, madre yo te pido humildemente, que en el año nuevo me recuerdes”

Felices fiestas!

2 thoughts on “Aires de navidad

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  1. Mi nostalgia no es tanto por la redimible distancia sino por el irreversible factor de tiempo.
    Recuerdo las celebraciones con mis hijos como la época mas feliz de mi vida !
    Y tus palabras, querida Anggie, me transportaron en el tiempo para revivir memorias y disfrutar las inolvidades fiestas familiares.

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