Confesiones de invierno

La llegada del otoño y sus hojas color marrón, trajeron consigo días cortos y oscuros, ventarrones que le daban la bienvenida a un viejo visitante y se despedían de mis adorados inquilinos. Ellos se desvanecieron en la memoria, mientras su habitación era invadida por este recurrente forastero.

En un principio pensé que se trataba de una corta visita, pero con el paso de los meses, este conocido intruso se ha ido acomodando, buscando abrigo durante estos meses escasos de sol.

Este ocupante llegó justo para no perderse la despedida de mi trabajo soñado. Llegó para hacerse sentir, para hacerse escuchar, para asegurarse un lugar en mi mente y en mi corazón. Muy inocentemente, supuse que su presencia se esfumaría, una vez estuviera más acomodada en mi nuevo trabajo. Qué equivocada estaba, pues él se arraigaba con el paso de los días.

Empezó pidiendo cobijas, exigiendo té caliente y tomando un lugar en mi sofá, ese lugar que  meses atrás, ocupaba una vieja churra, berraca y admirable. Desde el sillón se pasa los días mirándome impávido, trayendo consigo pensamientos sombríos, melancólicos. Juicios que arrugan el alma y alimentan a esa mujer insegura, débil y vulnerable que soy.

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Mi visitante, al que llamaré Mr. D, es recurrente en sus apariciones. Es más, ha estado presente en los momentos más trascendentales de mi vida. Es tan intenso que hasta se coló en la maleta al cambiar de continente; me acompaño durante 9 meses después del nacimiento de mi hijo y de vez en cuando se digna en aparecer; a menudo por unas horas y hasta un par de días, para asegurarse de que aún tiene un lugar de mi vida.

Su visita actual es diferente, ha llegado para quedarse y me he acostumbrado tanto a su  compañía que he terminado por aceptar y valorar su existencia.

Mr. D es ese torbellino de emociones, es ese alienígena que viene a desordenarlo todo, a revolucionar, a criticar y a evaluar. Su presencia me ha obligado a iniciar una transformación. Una fase en la que me propongo ser más amable conmigo misma, pues Mr. D es esa parte de mí, que no me gusta, esa singularidad que prefiero esconder y extraviar.

Desde su llegada me siento tan gris como los días de invierno, tan fría como la temperatura local y tan aburrida como una tarde de domingo, sin música, ni vino, ni chimenea. Desde que está aquí me siento perdida y extraña, vacía como los árboles sin hojas, desolada como las calles en la madrugada.

Me costó mucho admitirlo, pero su regreso ha acarreado una exhortación abismal, una introspección a mi última docena de años. Un análisis en el que enumero mis bendiciones, pero también mis falencias y me encamino a cuestionarme por las decisiones pasadas, descubriendo verdades dolorosas, que nunca antes me atreví a reconocer.

Este inquilino absorbe tanta de mi energía, que me he visto obligada a dedicarle tiempo completo; es así como llevo un mes, incapacitada y aporreada. Llegó luego de una trotada dominical, sin siquiera tocar la puerta, disfrazado de dolor de cadera y asumiendo su rol en forma de irritación en el nervio ciático.

Han sido más de 4 semanas en las que me he dedicado a suspirar profundamente, a lagrimear, escribir y  devolver el cassette, para entender el origen de este tsunami de emociones. Semanas en las que me he enfrentado cara a cara con  miedos, duelos y  desidias.

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Foto tomada de https://hiveminer.com

No puedo culpar a Mr. D por llegar así, sin ser invitado, pues con el paso de los años me encargué de crear un hábitat perfecto para su estadía. Lo he ido cultivando con esa necesidad absurda y tan moderna de tratar de vivir una vida perfecta. Una sublimidad aumentada por un ego hambriento de ‘likes’ en las redes sociales y el placer morboso de husmear digitalmente a amigos y conocidos.

Lo triste de la llegada de Mr. D es que sacó corriendo a esa Colombiana que me reencontré en Marzo, esa vieja segura de sí misma, disciplinada y valiente. Ella salió despavorida y un tanto asustada, llevándose consigo esa maleta llena de amor propio, kilos de  espinacas, los tenis para entrenar y todos mis batidos de proteínas. Cómo la extraño y cuanto quisiera que volviera, para llenar este inquilinato con su carisma, su sonrisa y sus ‘good looks’.

No quedándome otra salida, decido pues aceptar esta revolución y para darle una cálida bienvenida a Mr. D lo llevo a un café Amberino, para sentarme junto a él, en esa ventana soleada y acogedora, para charlar con un Latte, mientras lo miro a los ojos le doy las gracias por haber venido y por querer quedarse.

He aprendido (a las malas) a quererlo, a valorar el porqué de su llegada, a agradecer esta oportunidad de recapitular. Aunque debo ser honesta, su presencia ha repercutido en mi falta de ganas, en esa falta de huevos para seguir adelante, en querer rendirme a esa condición humana de caer, para ver migajas llenas de temores y pusilanimidades.

Me ha hecho extrañar a Mr. P mi otro asiduo visitante, que arrienda un lugar mensualmente y con quien tengo una buena relación. Con su voz ausente hablaba de positivismo, se asomaba gritando por el balcón, lleno de alegría y confianza. Mr. P me recordaba las bondades de la vida, inventariaba todas y cada una de mis bendiciones y se llenaba la panza de glotón, con cada momento valioso.

Mr. P hablaba con empatía y llamaba a mis comadres, pidiendo auxilio y un urgente rescate cada vez que Mr. D. asomaba su trompa por la ventana. Se arrunchaba a mi lado, me hacía sopita de pollo y me llenaba los cajones de chocolates (que la Colombiana a su vez decomisaba). Este inquilino perfecto tenía como labor mantener alejado a Mr. D, o al menos asegurarse de que su visitas fuera de corta duración.

Armado de libros de autoayuda, combatía eficientemente la nostalgia, la rabia y la tristeza, que Mr. D siempre dejaba regadas. Me sacaba de la cama, me acompañaba al parque a entrenar y me recordaba mirar al horizonte para descubrir el arco iris.

Tener a Mr. P en mi vida me mantiene ocupada, me aporta propósitos, sueños, pero también contribuye a evadir sentimientos, a cerrarle la ventana a la melancolía, la nostalgia y el sin sabor. Mr. P se ha encargado de esconder debajo de la cama mis duelos y es él, quien me empuja a asumir cuanto rol se me ocurre para alcanzar esa anhelada y utópica perfección.

Pero Mr. P estaba agotado y salió de vacaciones, salió a buscar el sol y a recargar baterías. Desde su lugar de exilio, me ha enviado postales para decirme que esta bien y que pronto volverá, pero que era necesario dejar la habitación vacía para mi visitante actual. En su última carta me dice “no olvides que su presencia  es el precio de admisión para vivir una vida con propósito”.

La partida de uno y la llegada del otro, son un grito de auxilio, una invitación para dejar de fingir, para aceptar que necesito de estos tres inquilinos en mi vida.

Cada uno toca la campana en el momento oportuno, para que pare, para dejar de vivir mis días cumpliendo con las expectativas de esta sociedad, en la que asumo la responsabilidad (auto impartida) de ser la mujer, madre, esposa, profesional y amiga perfecta, engordando así cada una de mis frustraciones.

Mr. D me habla al oído con el lenguaje de la melancolía, con notas de tristeza, moronas de derrota que nacen en el momento en el que acepto las dificultades de la vida, cuando le doy a la pesadumbre ese espacio en mi existencia, cambiándole su condición de enfermedad mental a compañera de vida, quitándole el sello de perturbación incurable.

Su discurso un tanto monótono y repetitivo me ha llevado en un viaje al pasado, un paseo confrontativo y asombroso, en el que a través de mis ancestros, he encontrado respuestas a patrones repetitivos en mi existencia.

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Foto tomada de http://www.slate.com

En este viaje, descubrí que vengo de una casta de mujeres fuertes, revolucionarias y valientes que han sacado adelante a sus familias, han cumplido sueños y han sido admiradas por su vitalidad y capacidad de superar dificultades. Así mismo, aprendí que ellas nunca expresaron sus sentimientos, que en su léxico las palabras duelo, melancolía y derrota no existían. Mi forma de honrarlas es dándole a estos sentimientos el lugar que merecen, no para vivir decaída, pero para permitir, de vez en cuando, que estos sentimientos afloren en mí.

Es por eso que desde la perfección de mi mundo, desde las maravillas de la vida que vivo y la gratitud que experimento en este momento, le doy la bienvenida a Mr. D en mi vida y abro suficiente espacio en su habitación, para que pueda convivir en armonía junto a Mr. P y la Colombiana, para que unan sus fuerzas y se vuelvan habitantes constantes de mi vida.

Espero pues que mis inquilinos ausentes, regresen a casa, que lleguen recargados, para quedarse y para compartir juntos el sofá, arropados bajo una misma cobija, mientras nos tomamos un chocolate  caliente y decidimos quien asumirá el protagonismo del próximo capítulo.

Amigo mío vuelve a casa pronto,
Cuentame todo,
Cambiame todo,
Necesito hoy
Tu resurrección,
Tu liberación,
Tu revolución.

5 thoughts on “Confesiones de invierno

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  1. Excelente entrada para entender que los estados de ánimo son temporales, aleccionadores y la riqueza espiritual de quienes, con el tiempo, aprenden a elegir cual se queda en casa.

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  2. Mi querida Comadre … hay tantas líneas y visitas pendientes al inquilinato de otros misters.. que entre Mr D y Mr P no han dado espacio a uno de esos lugares a que tus Misses lleguen a alborotar la nostalgia y el silencio de estos tiempos .. pero como te digo varias veces, quizá esos momentos son necesario si. Así que alista cobija y chocolate que está Miss N llegara a visitarte prontamente.

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