De aquí y de allá

Texto original publicado en mayo del 2017 en 40 razones

Después de vivir más de 10 años fuera de Colombia y de haber regresado en varias ocasiones, fue esta, mi última visita, una revelación, un renacer, una cita de amor con mi pasado y con una verdad de la que nunca antes me había hecho tan consciente.

A través de reencuentros, invitaciones y viajes fue como esta epifanía llegó a mí en forma de abrazo, montaña y canción.

Mi verdad, esa verdad que es propia de todos los inmigrantes, de los que un día decidimos dejarlo todo, por seguir al corazón, por huir de la guerra o simplemente por empezar una nueva vida ‘al otro lado del charco’.

Sin importar la razón de partida, todos los extranjeros, tenemos mucho en común. Todos, sin excepción, hemos experimentado el dolor anginal de las despedidas, hemos visto a los nuestros llorar, pero también hemos experimentado la adrenalina que implica aterrizar en esa pista del nuevo comienzo.

Algunos nos hemos preparado exhaustivamente para la partida, para adaptarnos a ese nuevo hogar, para aprender un nuevo idioma y qué bien que lo hemos hecho; sin embargo, nadie nos prepara para el regreso.

Aunque suene inverosímil, volver es también un choque cultural, un totazo contra la realidad del que vive fuera y regresa a casa con la expectativas del pasado. Es ahí cuando aparece la dualidad, cuando el corazón se nos parte en dos y la razón nos pasa un telegrama diciéndonos que a estas alturas del partido no pertenecemos ni aquí ni allá.

Volver es renacer y revivir, pero es a su vez, hacerse consciente de que un pedacito de ser ha perdido centímetros de identidad, para integrarse a una nueva cultura, para hacer parte de un mundo de pluralidad y abrirse espacio en un nuevo terruño.

atomiun
Foto tomada de https://sergevanduijnhoven.files.wordpress.com

En Bélgica yo soy esa inmigrante a la que le tocó empezar de menos cero, a la que debió olvidarse de su título universitario y de los contactos influyentes. Esa forastera con alma de guerrera, que con las uñas y sin manicure, se abrió campo hablando un idioma aporriao’ con vestigios de acento latinoamericano.

En mi tierra, yo soy esa “suertuda que vive en las extranjas”, esa que se marea en carretera, esa que se maravilla con el verdor de las montañas y el esplendor de los parajes. Esa que vive instantes orgásmicos al oler la comida típica, las frutas, el pasto y hasta el perfume de los amigos.

Yo soy esa coterránea que disfruta mirar a los ojos al pasado, reconectarse con su niña interior, que se deleita con los besos y abrazos con sabor a Colombia, con amanecer al lado de las parceras, con broncearse en una piscina ‘chupando’ pola y con sentir el corre corre por las venas de esos ritmos con los que se levita al bailar y cantar.

En Europa soy otra de las tantas inmigrantes con pasaporte doble, esa que titubea cuando le preguntan su nacionalidad, cuando en realidad más que una Belga por adopción se siente más Colombiana que una Postobón!

Yo soy esa inmigrante que a donde quiera que va anda con su taza de café con la insignia it’s Colombianot Columbia. Esa forastera que por ética no  Narcos para no alimentar el absurdo cliché de un personaje con el que desafortunadamente comparto el apellido materno.

Yo soy esa “sudaca” que se apasiona con las noticias de su país, esa que se siente orgullosa del gol de James, el Nobel de paz y a la que le duele cada caso de corrupción y cada desastre de la naturaleza. Esa mujer con un morral al hombro a la que se le salen las lágrimas y se le pone la piel de gallina al oír ese Oh gloria inmarcesible.

Aquí y allá soy esa inmigrante que compara esta dualidad con la infidelidad, pues tener doble hogar y doble pasaporte es como tener un marido al que se ama y respeta y al mismo tiempo tener un amante al que se quiere con delirio y frenesí.

A ambos se les venera, pero cada uno juega un rol diferente: el primero representa el amor, la gratitud, la identidad y la pasión que se siente por la tierra madre; el segundo es ese idilio indebido, es ese “tinieblo” que le da a uno lo que el “patrón” no le pudo dar, ese amor del que uno se siente un poco apenado y hasta culpable.

Esa tierra prestada se ganó ese lugar en el corazón por habernos apadrinado, por la estabilidad y las aventuras que tal vez no hubiéramos encontrado en la patria boba. Ambos amores son, al fin y al cabo, amores genuinos que pueden coexistir, que confluyen, que en vez de ser rivales, con el tiempo se hacen fuertes y enriquecen la vida.

Y es así como esta verdad, simplemente, me da la perspectiva para valorar lo maravilloso de cada cultura, me presta las gafas para ver la vida con otros matices, unos más intensos, más vívidos: me muestra la vida con un filtro que engrandece cada detalle, cada muestra de amor y me permite relativizar y seguir amando profundamente a la tierra que me vió nacer y a la tierra que me acogió.

Por eso, cuando me preguntan por qué no regreso a Colombia, mi respuesta es siempre un NO rotundo, no por falta de amor a mi gente o a mi país, no por orgullo ni falta de patriotismo, más por un miedo profundo a recomenzar de cero, a salir de mi zona de confort, a tener un choque cultural y a sentirme en el limbo porque hoy por hoy, soy un poquito de aquí y un poquito de allá!

bogotavieja
foto tomada de https://sembrareneldesierto.files.wordpress.com

 

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