Dale alegría a mi corazón

No crecí en una familia amante del fútbol, ni mi papá y ni mis novios me llevaron al estadio, en mi casa los domingos eran para hacer crucigramas y leer el periódico.

Este deporte escasamente ocupó los temas de conversación en la mesa familiar y llenar el álbum de Panini poco me interesó, pero cuando Colombia clasificó a Italia 90, fue cuando mis ojos se posaron sobre la circunferencia de cuero de hexágonos blanco y negro.

Más adelante y de la mano de mis amigos de adolescencia, descubrí las pasiones derivadas del balompié. Con el paso de los años y la participación de ‘La selección Colombia’ en varios mundiales, me fui involucrando y experimenté la absoluta dicha, la pasión y el carnaval de cada triunfo, acompañados de la impotencia y el dolor de las derrotas.

En mis años universitarios y gracias a mi profunda amistad con los integrantes del onceno de mi facultad: ‘Los muchachos del Tablón’, me metí tan de lleno en el tema, que hasta armé equipo de fútbol femenino y contemplé (ingenua y descabelladamente) la posibilidad de dedicarme al periodismo deportivo. Fue así como mis domingos cambiaron el crucigrama por las transmisiones radiales y en mi armario apareció la primera camiseta oficial de Millonarios.

Queriendo hacer pinitos en la prensa deportiva, me atreví a redactar un artículo sobre la crisis del equipo capitalino, con tan “buena suerte” que mi profesor acabó con mis pocas letras y me mandó al estadio y a la cancha a investigar. Fue así como me obsesioné con la tribuna, me aprendí cada cántico y me adentré en las entrañas de los Comandos Azules, una de las barras bravas de mi natal Bogotá.

Fue así como domingo a domingo, alenté, canté y brinqué con cada pase, cada gambeta y cada gol. En la tribuna entendí y aprendí a apreciar este deporte. Allí tuve el privilegio de entrevistar al “profe” Maturana, ganándome un 5 en redacción y una palmadita en la espalda de mis muchachos del Tablón. Sin embargo, me faltó mucha tela y muchos huevos para dedicarme al relato deportivo.

Hoy, un par de décadas después, me remonto a esos días de pseudo periodista deportiva, para dedicar estas letras al onceno de mi patria adoptiva: Los diablitos rojos.

Made in Belgium

El seleccionado Belga representa a un territorio de tan sólo 30.000 kilómetros cuadrados, en el que habitan un poco más de 11 millones de personas y en el que que uno de cada 10 habitantes es extranjero. Este país, a pesar de ser un diminuto reino, cuenta con tres regiones lingüísticas y unas instituciones políticas, casi tan complejas como la gramática del Neerlandés.

A los Belgas les falta patriotismo, ellos carecen de ese sentido de pertenencia que a los Colombianos nos sobra. Bélgica es, en mi opinión, un país sin marca, sin relacionistas públicos.

Es así como el  mundo entero está convencido de que las ‘papas a la francesa’ son autoría de los franchutes, también que los mejores chocolates son los Suizos y que la mejor cerveza es la Alemana. La verdad querido lector es que todos ellos son orgullosamente Made in Belgium.

Estas letras son pues una apología al fútbol de esta tierra del norte, una exaltación al asombroso fenómeno social de nuestro (sí, porque también me siento Belga) onceno nacional.

atomiunNi durante los juegos olímpicos, ni en la vuelta a Francia o el Giro de Italia, he visto las fachadas de este país llenarse de tanto color como este verano. Nuestras ciudades se han vestido de banderas, la gente se ha agolpado en las calles y las caras de los transeúntes se han teñido de negro, amarillo y rojo.

Si bien es cierto que sólo el 2 por ciento de los Belgas conoce de memoria su himno nacional, los he visto ponerse la mano en el corazón y tararear la brabançonne, aún cuando sólo gritan en coro ‘Voor Vorst, voor Vrijheid en voor Recht’ (que significa por el soberano, la libertad y los derechos).

La  participación de los Diablitos Rojos en Rusia 2018, ha sido impresionante, no sólo porque desde México 86 no llegaban tan lejos, también lo es porque sus jugadores son representantes de una realidad fascinante.

Bélgica es un país fraccionado por diferencias culturales y lingüísticas, donde el tema de la migración se ha vuelto problemático, dando cabida a discursos nacionalistas y ultra derechistas.

Lo admirable hoy en día, es que casi la mitad del onceno nacional está en cabeza de hijos de migrantes africanos. Estrellas nacionales como Lukaku, Origi y Chadli son hijos de migrantes y refugiados provenientes de Congo, Kenia y Marruecos. A su lado juegan Belgas de pura cepa como De Bryune, Hazard y Courtois.

Estos muchachos simbolizan la diversidad de una sociedad, que con los años ha venido transformándose y enriqueciéndose. Este es un modelo social incluyente, en el que  la discriminación y la exclusión no tienen cabida, un arquetipo en el que el racismo y la xenofobia se quedaron fuera de la convocatoria.

diablitos

Ponerse la tricolor belga es promover los valores nacionales de la dignidad, la honestidad, el juego limpio y el trabajo en equipo impecable. Aún cuando sus jugadores y el cuerpo técnico no comparten la misma lengua materna, logran entablar una charla armoniosa en la que  se escribe historia hablando el idioma universal del fútbol.

El ‘profe’ Roberto Martínez, ha logrado lo que ningún primer ministro ha alcanzado, unir a un país entero en torno a un grupo de jóvenes que representan la patria que quiero para mis hijos. Este español ha demostrado que es posible llegar lejos sin los dramas de Brasil, sin la prepotencia de Francia y sin la arrogancia futbolística de Inglaterra.

No importa si quedamos en el tercer o cuarto lugar de la copa, lo valioso aquí es la alianza de un país que hoy conversa conjugando la inclusión, la multiculturalidad y la diversidad. Un territorio en el que todo es posible, en donde los valores fundamentales no son regidos por el color de la piel, el idioma o la religión que se profesa.

Y aunque sé que el fútbol no puede cambiar el mundo, ni la realidad de una nación, me he enamorado una vez más de este deporte, porque en mi tierra adoptiva logró hacer una cohesión, creó una amalgama tricolor en torno a ese sueño colectivo de ser campeones.

mundial

10 thoughts on “Dale alegría a mi corazón

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  1. Gracias por reforzar tanto el tema de la migracion, por enseñarla desde un tema tan universal como el fútbol, por hacernos “diablitos rojos”,-no por el América de Cali-, sino por lo que significa para un país tan valioso como Bélgica. ¡Eres grandiosa con el don de la palabra!

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  2. Angelita, Cada día me sorprendes más. No conocia esa faceta tuya. Me encanta tu “apasionamiento” por las cosas que te entusiasman. Cada momento lo sufres o lo vives con alma y corazón. Me encanto este artículo. Me gusta más esta faceta de escribir más “neutral”. Como escritora tienes el mundo por delante. Se me llenan los ojos de lagrimas de pensar que tengo el honor de ser tu amiga y ser testigo de este proceso. Quedo atenta al próximo inquilinato y me pregunto a donde te llevará esta aventura. Muy lejos sin duda. Te quiero cantidades!!!

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    1. Con estas flores y con esas palabras tan lindas, seguro que sigo escribiendo, yo también te quiero con el alma

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  3. Como siempre excelente Angie! Me encanta el mundial no solo por el espectáculo sino también, como bien lo dices, por lo que logra en países y culturas totalmente polarizadas. La política, la religión, la lengua, todo Pasa a un segundo plano para convertirnos en una sola nación.

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  4. Un relato más que me deja llena de satisfacción… es una delicia leerte! Gracias por dar ese sentido de inclusión y pertenencia. Es un honor poder formar parte de esta aventura tuya y ver cómo con cada escrito sigues creciendo como escritora y como persona.. un honor poder llamarte FAMILIA y agradecer de nuevo que nuestra familia Belga me adoptó… amé este escrito y espero feliz el que sigue… te quiero mucho Angelita y gracias nuevamente por hacernos partícipes de este mundo. Felicidades!

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  5. Tienes muy merecido el pasaporte belga…. el nacionalismo que le falto a los jugadores que no sabian – o no querian – cantar el himno nacional, te sobra a ti !!!

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