Palo bonito palo eh

Soy hija de una tierra tropical en la que los sonidos de tambores,  acordeón y maracas me han arrullado. Desde temprana edad he meneado mi cadera al vibrar con una cumbia y mis pies han bailotaeado a ritmos de salsa y vallenato. 

Aprendí a mover mis hombros y cada centímetro de mi cuerpo, de forma intuitiva y sin pretensión, simplemente dejándome llevar por la música y siguiendo la guía del parejo de turno. 

La música siempre ha tenido un lugar importante en mi vida y el baile no ha sido la excepción. Nunca he sido una bailarina prodigiosa, de hecho, jamás logré pertenecer al grupo de baile del colegio y mi falta de coordinación en las coreografías me impidió ser porrista.

Mis amigas, por el contrario, eran agraciadas y desenvueltas en sus movimientos, esto me hizo convencerme de que mis curvas eran una desventaja. Aún sin garbo y elegancia, siempre disfruté de cada parranda, clase de rumba y novena navideña.

Al salir de mi país dejé de bailar, me sumergí con  en una cultura en la que las consabidas fiestas no hacen parte de la vida social. Los ritmos tropicales pasaron a ser mi única compañía bajo la ducha o mientras realizaba labores del hogar.

Bailar se convirtió pues en una actividad esporádica, de festivales de verano o una que otra fiesta latina. Con el paso de los años, volví a mis  andanzas universitarias, de parrandas hasta la madrugada. A punta de cavas y escuchando canciones de la tierrita, re descubrí las delicias de moverme con ritmos tropicales.

También es mi primera vez

Jamás había tomado clases de baile y el verano pasado lo hice por primera vez, dudosa de mis capacidades físicas y abrumada por las actividades diarias, decidí regalarme dos horas a la semana y hacer del baile algo más cotidiano y regular. De la mano de un  mulato de dos metros, descubrí los beneficios de la práctica regular de la danza. Con sus coreografías y a ritmo de tambores brasileños me llené de una sensación de bienestar y me ví reflejada en un espejo, que en vez de juzgarme me animó a seguir danzando.

En un abrir y cerrar de ojos llegó el final de las clases y yo me quedé con ganas de más. Las opciones que consideré, eran difíciles de combinar con mi corre corre diario, así que con pesar me despedí de la danza y me prometí regresar.

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foto tomada de pinterest

Como caída del cielo, una amiga me habló con entusiasmo sobre su nuevo hobby: el Pole Dancing. Mi primera reacción fue de asombro, mientras mi mente se la imaginaba en el rol de Demi Moore y sus famoso striptease, usando un liguero y bailando en la barra de un bar de mala muerte. 

Pocos días después, me envió una invitación para participar en una clase de prueba que organizaba su estudio de baile. Me sentí extraña y un tanto curiosa, pues esta era una práctica que jamás había cruzado mi mente. Mi única referencia era un tanto equívoca y muy Hollywoodense. 

Me dejé persuadir por su vehemencia y la intriga. Olvidé mis juicios y me escabullí de esa holgazana imagen para intentarlo solo una vez. No puedo negar que llegué a la clase llena de nervios y expectante, me sorprendí al darme cuenta de que el estudio de danza estaba -irónicamente- ubicado en una antigua casa cural, que por falta de adeptos y monaguillos, ahora sirve como sala de baile y reunión.

Ahí estábamos, 12 desconocidas cruzando la puerta extraña y misteriosa de la habitación llamada “El Edén”: un estudio de baile con luces tenues y sin espejos. Con manos temblorosas y mentes vigilantes, nos sentamos sobre una colchoneta delgada, usando más ropa de la necesaria, mientras esperábamos las instrucciones de lo que sería una iniciación en el ‘baile en barra’, como se conoce en español.

Respiramos despacio , mientras la música de fondo nos transportaba a un lugar de tranquilidad. Paso seguido iniciamos un calentamiento, para evitar lesiones musculares. Abdominales, planchas y estiramientos preparaban nuestros cuerpos para ese primer contacto con la barra.

Nuestra gurú, una rubia de cuerpo atlético y postura corporal elegante y seductora, se apoderó del centro de la sala. Su cuerpo levitaba mientras sus largas y tonificadas piernas se entrelazaban a la barra, su pelo se escurría con delicadeza sobre sus hombros, mientras sus manos se deslizaban por una piel cubierta por un top y pantalones cortos. 

Verla bailar me intimidó y me hizo preguntarme si este incomodo rol de voyerista, era lo que quería experimentar. Sin embargo, dejé mi mente juzgadora y me conecté con el garbo y la elasticidad de sus movimientos. Codicié con sigilo su concupiscencia y la seguridad con la que ejecutaba cada movimiento.

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Foto tomada de junique.nl

En silencio y con un corazón acelerado contemplé con pudor cada uno de los tubos erguidos en medio de la habitación. Imponentes e inquebrantables. Tocarlo fue mágico, fue como haber palpado una energía divina y adictiva.

La magia no fue eterna y se desvaneció cuando llegó mi turno. Traté de imitar -infructuosamente- los movimientos de la profesora. Al querer  abrazar la barra y hacer una de las posturas básicas, me descolgué sin elegancia. No fui la única, otra docena de piernas sentía esa la misma frustración y torpeza. 

La rubia se acercó a cada una de sus pupilas, y con dedicación nos asesoró en la técnica perfecta para lograr la tan anhelada hazaña. Al final de la clase salimos empoderadas, llenas de energía y con unas ganas indescriptibles de seguir aprendiendo a derribar barreras mentales, y a descubrir la fuerza interior que vive en las primíparas danzantes.

Sin titubear pagué la matrícula y conté los días que faltaban para empezar con el nivel principiante de Pole Dancing. La primera clase no fue diferente a la anterior, aquí me enfrenté de nuevo con mis inseguridades, con la torpeza de mis pasos y con unas manos sudorosas queriendo someter a un tubo frío e indomable. 

La semana siguiente sentí más emoción y menos miedo de ingresar a “El Edén”, esta vez logré abrazar la barra con un tanto más de garbo y menos torpeza. Al lograr hacer la figura de fireman spin, sentí que mi alma vibraba, sentí que esa barra era la extensión de mis débiles brazos y  piernas.

Semana a semana he asistido a las clases sagradamente, cumpliendo esa cita de amor conmigo misma y con mis colegas de danza. Un encuentro que no cambio ni aplazo, una cita que me da como recompensa sentirme empoderada al cruzar esa frontera mental de “esa vaina nunca la lograré”. Un encuentro gratificante y adictivo, que es saludable para mi espíritu y mi cuerpecito. Además de mejorar la flexibilidad, la postura corporal y tonificar abdominales, es el antؙídoto perfecto para la flacidez abdominal y la joroba.

Soy un espía, un espectador

El Pole Dancing es a decir verdad, una práctica difícil, dolorosa, pero incluyente; aquí todas las tallas, edades, niveles de celulitis y tipos de cuerpo son bienvenidos. En el estudio lo importante es sobrepasar los límites mentales y el umbral físico.

En este espacio entendí que los pantalones cortos, las rodilleras y los pies descalzos son necesarios. Entre más ropa, menos agarre, entre más piel desnuda, mejor el contacto con la superficie metálica.

Entre las paredes de “El Edén” bailamos sin espejos para evitar los prejuicios, bailamos sin espectadores para liberarnos de los veredictos del mundo. Nos capacitamos en deslizarnos sobre al metal sin observar y sin juzgar, apeendemos a mirarnos a nosotras mismas, con la misma admiración con la que contemplamos a las demás.

Mata Hari Facade 2
Foto tomada de transparant.be

Cada semana me reconcilio con mi feminidad, y me siento como Mata Hari, siendo espía de mis cobardías y querellas. En cada lección aprendo a gozarme mis imperfecciones, a llenar mis poros con autoaceptación, fuerza y perseverancia. Aprendo a luchar contra la ley de la gravedad y contra los pensamientos limitantes.

Cada coreografía es un boost para el ego y una recarga de energía. Terminar una clase adolorida y llena de morados, también conocidos comopole kisses”, es más bien gratificante. Las marcas en mi piel son medallas por una batalla vencida, una batalla en la que sentirme sexy, agraciada y poderosa es el mejor trofeo.

A través de cada giro, y cada caída, me conecto con mi cuerpo y me olvido del mundo, me empodero y me sintonizo conmigo misma, me enfrento a los límites y a los miedos que existen en mi cabeza. Me entrego al aquí y al ahora, y como recompensa termino cada clase con una sobredosis de adrenalina y con el corazón a mil. 

Con estas líneas me sobrepongo al qué dirán y a los convencionalismos. Estoy contándole al mundo un secreto polémico y derribando un tabú, estoy desmintiendo ese mito que relaciona al Pole Dancing  con prácticas netamente eróticas y por ende obscenas.

Confieso pues, que mi vida cambió desde la primera vez que mis dedos se deslizaron por esa superficie cromada, me he vuelto adicta y no veo la hora de volver a “El Edén”. Durante los otros días de la semana, cuando llevo a mis hijos al parque o paso al lado de una señal de tránsito, me dan unas ganas incontenibles de abrazarlo y girar sobre su eje, pero mi dignidad de madre no me lo ha permitido.

Sueño pues con el día en que pueda tener la técnica, la flexibilidad y elasticidad necesaria para extenderme haciendo un Dragón o un  Puente; pero mientras la práctica y la constancia me lo permiten, seguiré disfrutando del absoluto placer de embriagarme  con las endorfinas que mi cuerpo produce al atardecer de cada martes.

marylin

 

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