Clandestino

Hoy cumplo 14 años habitando en la piel de una migrante, una gran parte de mi existencia viviendo con el título de extranjera, experimentando situaciones desconocidas, pensando y soñando en un idioma dispar al de mi alma. Sintiéndome ajena a lo local y nativa en lo foráneo.

Mi prerrogativa fue subir a un avión y no a un frágil bote para cruzar el océano. Llegué con una visa y un pasaporte, y no con un formulario para pedir asilo y protección. Le pagué a una aerolínea y no a una banda de traficantes para llegar a mi destino. Me despedí a plena luz del día, sin desertar en silencio y bajo el crepúsculo de la noche. Empaqué mis maletas con recuerdos, sueños y objetos personales, en vez de un diminuto morral con documentos importantes y una muda de ropa. Llegué a un aeropuerto donde me dieron la bienvenida, viajé con la certeza de tener un destino y un nuevo comienzo. 

Pero mi historia no es la de esos hombres y mujeres en el exilio. Mi realidad es ajena a la suya. Es por eso que desde mi llegada, he sentido una particular conexión con los millones de refugiados que a diario cruzan las fronteras. Desde mi trabajo como asistente social, he tenido el honor de acompañarlos en su proceso, de aprender de sus culturas y tradiciones. He sido testigo de su integración y he acogido en mi corazón sus crónicas de vida.

Durante años he guardado silencio – y un enorme respeto – ante sus traumas y duelos. He derramado lágrimas mientras digiero sus relatos y escribo párrafos en su honor. Hoy cuando la crisis de refugiados no cesa, hoy cuando millones de Venezolanos se desplazan a Colombia, hoy cuando miles de personas se encuentran en el limbo en la frontera turco-griega, dedico mis letras a ellos, a esos seres humanos para quienes la migración forzosa es la única e ineludible respuesta.

Traficantes de sueños

railroadTitulares de prensa, trinos y discursos políticos hablan a diario de la crisis migratoria presente, la más grave desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Desde ese entonces no había tantas personas huyendo. Más de 70 millones -léase bien  70 MILLONES- de seres humanos se escabullen del hambre, la guerra y la desigualdad.

La migración forzada no es pues un tema exclusivo a la actualidad, es parte de la historia de la humanidad. Los desplazamientos de personas, por epidemias, conflictos políticos o religiosos nos ha acompañado desde siempre. Lo que sí ha cambiado es la aldea global en la que vivimos, y la velocidad de los movimientos migratorios de hoy en día.

Gobiernos y políticos generan contenidos y discursos cargados de xenofobia y discriminación. Ellos se encargan de llenar al mundo de terror a lo desconocido, ya sea un color de piel, un acento diferente o un Dios ajeno. Están llenando de espanto a los locales, invitándolos a que protejan lo “propio”, vendiendo la idea de que nosotros -los foráneos- venimos a arrebatarles la tranquilidad, sus trabajos y  a imponer nuestras culturas y tradiciones.

Nada más lejano a la realidad, estas personas batallan a diario por hacer parte de esta sociedad. Viven el duelo de haberlo dejado todo y de no poder regresar, llevan a cuestas el dolor de una despedida y  los traumas de la guerra y la carestía. 

Ilegales

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foto tomada de Google images

Aún cuando gozan de la protección internacional (Convención de Ginebra de 1951 de la ONU), su realidad al cruzar las fronteras es otra. Los gobiernos, se han enfocado en endurecer sus políticas de migración, regulando su entrada, con el propósito de salvaguardar fronteras, más que en salvar sus vidas. Muchos de ellos ni siquiera logran pasar los cercos de los campos de refugiados.

Los que logran llegar a  tierra firme y próspera le piden al estado protección. Dependiendo de su país de acogida reciben a cambio un permiso temporal, techo, salud y alimentación, mientras se estudia su caso. Este periodo puede durar un par de meses hasta un par de años. 

Y así se les pasan los días, no siendo dueños ni siquiera de su propio tiempo, teniendo el corazón desgarrado de esperar por una respuesta positiva, de hacer fila para solicitar asilo, de recibir alimentos o prendas de vestir después de pararse detrás de hileras eternas.

La culpa y el dolor de estar lejos de sus familias los acompaña a donde van, viven con el fantasma de un viaje tenebroso y siniestro. Ellos han perdido la condición de humanos,  han sido reducidos al sustantivo de “ilegales” o “sin papeles”. Este título los hace presas fáciles para el tráfico de personas, la violencia, y la explotación laboral.

Con el paso de los años y el endurecimiento de las políticas migratorias del viejo continente, la cifra de migrantes que logra entrar a Europa ha ido disminuyendo. Lo que no ha menguado, es la discriminación de la que son presa, las condiciones infrahumanas en los campos de refugiados y las falencias de un sistema.

No es nada simple ser país de acogida, crear políticas bondadosas, ni programas que ayuden en las etapas de migración y aculturación. Tampoco es fácil destinar millones en planes que apoyen a esta población vulnerable. Lo que sí debería ser elemental es hacer humano lo inhumano e incluyente lo excluyente.

Ser un refugiado no es una profesión

blogmigrants
foto tomada de http://www.shutterstock.com

Como migrante veo la realidad desde otra perspectiva. Para mí, cerrar fronteras no es una solución sostenible. Para mí es primordial  devolverles su condición de personas y no tratarlos como una cifra que engorda las estadísticas.

Se nos ha olvidado que la economía necesita de migrantes, ellos son la mano de obra, los que prestan servicios y hacen los trabajos que locales se niegan a asumir. Los más preparados entre ellos, son los que enriquecen las empresas con ideas innovadoras y nutren la cultura local. Son ellos los que hacen de mi ciudad de residencia una de las urbes más diversas en el mundo, con 168 nacionalidades viviendo en un radio de tan sólo 204 kilómetros cuadrados. 

Mi llamado es a recordar que hablar de refugiados es hablar de vidas humanas, más no de censos. A admirar su valentía para seguir el camino bajo circunstancias devastadoras, avanzando aún cuando sus piernas flaquean, aún cuando sus hombros se resisten a cargar el peso emocional del exilio y la incertidumbre. 

Esta reflexión es para verlos no como víctimas, ni criminales, tampoco como héroes, simplemente como hombres y mujeres, de carne y hueso, como usted, y como yo.

Mi clamor es a involucrarnos en proyectos con impacto social, en iniciativas ciudadanas, que desde la sociedad y no desde planes gubernamentales, ayuden a estos foráneos a sentirse más locales. Mi llamado es a hacer la diferencia, brindando más que ayuda material, empatía y reconocimiento, devolviéndoles así su condición de seres humanos.

Esta es mi querella, para que seamos sensibles a estas personas que luchan por reescribir una historia de vida. Seamos una sociedad y una comunidad tolerante e incluyente. Las acciones que tomemos hoy, determinan lo que será el mañana. Todos hacemos parte del porvenir, de nosotros depende en gran parte lo que será nuestra realidad en las próximas décadas.

Que la empatía sea el nuevo discurso, que comprendamos que todos somos de alguna u otra forma migrantes. Todos compartimos las mismas necesidades básicas, todos anhelamos seguridad, todos soñamos con no sentir hambre, frío o dolor, y eso nos hace semejantes. No importa si creemos en Dios, Alá o Buda, no importa si venimos de Siria, Eritrea o Venezuela.

 

Somos una especie en viaje
No tenemos pertenencias, sino equipaje
Vamos con el polen en el viento
Estamos vivos porque estamos en movimiento…
Somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes…
Yo no soy de aquí pero tu tampoco
De ningún lado del todo
Y de todos lados un poco

Jorge Dextler en Movimiento

 

 

 

One thought on “Clandestino

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  1. Excelente reflexión. Sentida y bien documentada. Pero, lo mejor es que celebraste tu aniversario a través de los ojos y la realidad de alguien más, lo que refleja tu enorme corazón y generosidad.

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