Los abrazos rotos

Hace casi dos décadas seguí un curso de liderazgo que me cambió la vida. En aquel entonces mi familia y amigos consideraron que me estaban lavando el cerebro y desocupando el bolsillo en un “culto” raro al que yo llamaba PL (Programa de liderazgo de Lifespring).

Durante varios meses me metí de lleno -al entonces desconocido- universo de la superación personal. Enfrenté cara a cara varias de mis creencias y miedos, y encontré así mismo respuestas para mi alma iletrada. 

En la “secta” aprendí el significado del empoderamiento, y a través de terapia en grupo, sembré las semillas que años más tarde fueron germinando. Pero además de esos despertares del alma, aprendí el valor del abrazo como lenguaje del amor. Allí experimenté algo hasta entonces desconocido. Esta práctica tuvo tanto impacto en mi vida, que hasta mis amigos la denominaban -despectivamente- como  “la abrazoterapia”. 

Justo hoy cuando cumplimos un año confinados, me remonto a ese periodo de mi vida con gratitud y una profunda nostalgia.  Se me estremece el alma recordando esas sesiones de abrazos en grupo, apretones intensos y cálidos que fueron bálsamo para mi espíritu.

Toque de queda

Un enemigo microscópico “Made in China” nos arrebató la tranquilidad y el contacto físico. La pandemia trajo consigo el distanciamiento social, e incluyó en nuestro léxico diario palabras como “confinamiento” y “bioseguridad”. Llegó a arrebatarnos algo tan inherente a la especie humana, como lo es abrazar. 

Jamás imaginé que esos apretones viscerales, que hacían parte de mi cotidianidad, iban a desaparecer. Por mi mente nunca cruzó la idea que el 2020 iba a silenciar el lenguaje de mi piel. Que mis brazos iban a enmudecer y  mi pecho iba a ser sordo al latir ajeno.

Un viernes 13 dejé de rozar mi mejilla con otras, de posar mis labios sobre la piel de un ser amado,  dejé de estrujar a alguien de emoción y de amanecer bailando ombligo con ombligo. 

Las noches de invierno y el toque de queda limitaron mi naturaleza sensorial. Fue así como con el paso de los meses me he acostumbrado a estar en casa antes de la medianoche, a cubrir mi rostro con un trozo de tela, y a leer sonrisas escondidas en la “pata e’ gallina” del prójimo. He aprendido a usar  mis ojos verdes para comunicar la calidez que el tacto ya no tiene.

Es así como estoy convencida de que hoy en día mi cuerpo está sumido en una profunda deficiencia de vitamina C, y no la que se encuentran en los cítricos, sino la vitamina C que emana de las Caricias, el Contacto, el Cariño, y la Conexión.  

Hambre de piel

En neerlandés existe un término con el que me identifico plenamente: “huid honger” que significa hambre de piel, y es así como me he sentido durante los últimos meses.

Siento hambre y sed, me surge a diario un fuerte deseo de contacto físico, que mi familia no logra suplir. En casa nos arrunchamos en la mañana antes de empezar el día, y finalizamos la noche en el sofá apapachados y apretados el uno contra el otro. Sería canalla de mi parte desconocer tanto amor y pretender que ese ritual, y el calor que recibo de mis tres osos de carne y hueso, compense esa necesidad de intimidad, y la falta que me hace rozar la piel de los seres que amo. 

Foto de mi archivo personal

En la tecnología he tratado de suplir esta necesidad, y es así como paso horas enteras en zoom o en whatsapp, tratando de calmar mi sed de piel con una voz conocida, con una videollamada y con unos tragos en la distancia. Y aunque esos encuentros virtuales han adquirido otra dimensión -de la que me siento muy agradecida- mis hormonas no encuentran en ellos ese boost de serotonina que tanta falta le hace a mi sistema.

Tengo hambre de envolver a alguien entre mis brazos, de sentir su respiración cerca y oler ese perfume conocido. Echo de menos un estrujón, y sentir mis hombros envueltos por los brazos de mi madre o mi hermana.  Mi piel no solo tiene hambre, también se siente vacía, como una hoja en blanco en la que cada abrazo debería plasmar sentimientos profundos arraigados en los recuerdos. 

Mi apetito quiere acariciar otras almas, conversar con pieles ajenas. Conjugar ese verbo que calma el llanto y el dolor. Mi alma pide reconfortar, contener y sostener. Mi piel anhela volver a hablar con el lenguaje secreto del afecto, ese que permite recomponer lo roto y aquietar los demonios internos.

Es tan fuerte ese sentimiento de querer abrazar a personas diferentes a mi tribu, que no en una sino en múltiples ocasiones, me he despertado en medio de la noche con el corazón rebosante. Me despierto con taquicardia, luego de tener un episodio en el que la escena principal es el momento en el que me fundo estrechando mi pecho contra el corazón de mis padres, mi familia y hasta mis amores de adolescencia.

Y sí, me despierto radiante y renovada, porque el tacto, así sea en los sueños, es igual a un trozo de chocolate o un orgasmo: ambos hacen que en mi cerebro se produzca un baile entre la serotonina y la dopamina, esas hormonas del placer, que inundan el cuerpo con una sensación de bienestar y felicidad.  

Y así como llega la primavera, van llegando las dosis de vacunas, devolviéndole a mi espíritu un poco de calma que la incertidumbre me arrebató, su llegada ha traído días cálidos y soleados, ha traído de regreso los encuentros con amigos en espacios abiertos y ha impregnado de impaciencia la epidermis de un planeta entero.

Y mientras espero el turno para recibir en mi brazo el antídoto para el aislamiento global,  me planteo la pregunta de qué sería lo primero que haría cuando la pandemia desaparezca? Sin duda alguna, mi respuesta es: abrazar, ceñir con mis brazos y apachurrar hasta tener calambres, hasta dejar sin aire a la víctima de turno, hasta recuperar así tantos momentos que el lockdown me arrebató. 

Justo hoy cuando cumplo 15 años de haber emprendido el camino para seguir los dictámenes de mi destino y mi corazón, recuerdo los abrazos de despedida y los de bienvenida a esa nueva vida que he construido lejos de mi tierra.

Así que mi deseo para usted señor lector es que el 2021 le permita saciar su hambre de piel, su hambre de intimidad y le permita embriagarse una y otra vez con la oxitocina que genera ese contacto físico, que tanta falta hace en tiempos de pandemia.

“–Capitán, el niño está preocupado y muy incómodo debido a la cuarentena que el puerto nos impuso.
–¿Qué te preocupa, muchacho?  ¿No tienes suficiente comida?  ¿No duermes lo suficiente?
–No es eso, Capitán. No puedo soportar no poder desembarcar y abrazar a mi familia.
–Y si te dejan salir del barco y se contaminan, ¿cargarías con la culpa de infectar a alguien que no puede soportar la enfermedad…”
– Nunca me lo perdonaría, pero para mí inventaron esta plaga.
– Puede ser, pero ¿y si no fue inventado? -Entiendo lo que quiere decir, pero me siento privado de mi libertad, Capitán, me privaron de algo.”

Alessandro Frezza

2 thoughts on “Los abrazos rotos

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  1. Más de un año sin poder disfrutar tus crónicas plagadas de tus experiencias , que son también las lías y las de los demás .
    Qué facilidad de expresión tienes !
    Me fascina el “huid honger” , lo voy a hacer popular !!!!

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    1. Gracias infinitas por leerme y adoptar el huid honger de ahora en adelante.
      Un abrazo de eso que hacen falta

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