Mediterráneo

Me fui al Mediterráneo a buscar amparo bajo las palmeras, a encontrar abrigo bajo la luna llena y las estrellas, a buscar la brisa fresca y una recarga de vitamina D.

Me fui a la madre patria a celebrar navidad como en mi tierra, con pavo relleno, ensalada rusa y hablando español, me fui a la Península Ibérica para celebrar la vida y la amistad. Me fui para olvidar los días fríos y oscuros, y para pasar en familia los últimos días de un año muy particular.

Al asomar mi pico por la puerta del avión y bajar cada escalón, me dejé cautivar por ese cálido vientecillo invernal, me alegré por poder obviar guantes y abrigo; me dejé aturdir por ese sentimiento que me invade cada vez que transito por los corredores de un aeropuerto.

Al llegar mi Peruanita de crespos de melcocha y corazón sabor a umami, nos esperaba con la calidez de su abrazo, un letrero de bienvenida y el amor de esas amigas que se vuelven familia.

Guiados por un  GPS testarudo, recorrimos la autopista del Mediterráneo, mientras las montañas majestuosas del este español servían de lienzo, para las primeras pinceladas de las vacaciones familiares. Unos días de descanso pigmentados con cactus monumentales y el inigualable color de los naranjos, esos mismos que al borde de la carretera despertaron mis papilas gustativas con solo imaginar su dulce sabor sobre mi lengua.

Molly, Max y Brownie

El imponente Peñón del Ifach, símbolo de la Costa Blanca española, apareció ante nuestros ojos, siendo presagio de la cercanía a nuestro destino. Allí nos esperaban tres cuadrúpedos  amorosos que nos adoptaron como compañeros de juegos y caminatas. Con lametones y meneadas de cola, estos peludos se encargaron de darnos -de nuevo- la bienvenida al que sería nuestro hogar de paso por los próximos seis días y sus silenciosas noches.

Los atardeceres llegaban acompañados de  Rioja, chisme, Protos y Cava; Jamón serrano, queso manchego y Olivas. Los finales del día estaban engalanados por ese olor particular del sudoeste europeo, por el canto de cigarras y gaviotas y ese incomparable susurro de las palmeras meneándose en el crepúsculo decembrino. 

Al despertar, me esperaba  siempre un épico amanecer, enmarcado en columnas de   arquitectura Valenciana, por las que se colaban tonadas anaranjadas, violeta y azul clarito. Al filo de la mañana dejaba que un sol naciente me llenara el alma, mientras en un silencio sagrado, contemplaba como la brisa del invierno dibujaba al peñón, esa mole rocosa que sin pena ni gloria, dejaba que a diario las nubes lo vistieran a su antojo.

Amaneceres en Calpe

Con el canto de loros y aves pasajeras me rendí ante la belleza del esbozo de cada día, con el aroma del café y la gratitud emborrachandome, me dejé arropar con rayos tenues, uno que otro lametón y la compañía de aquel cuadrúpedo  fiel, a la espera de juegos y mimos. 

Los sabores de la papaya y una mandarina recién pelada, me recordaron sobre el aquí y el ahora, una realidad en la que escuché  decretos de pájaros ibéricos, que cantaban una tonada tibia como el fulgor del astro naciente, me dejé pues llenar el alma con el humilde esplendor de un sol invernal.

Y así volví del mediterráneo con el alma llenita, con la piel manoseada por el sol y las heladas aguas de ese mar que conecta el Atlántico con Gibraltar; volví del Mediterráneo con un ómicron Made in Spain, pero con el alma inundada de ganas de volver. Porque allí encontré similitudes con mis raíces, me enamoré de balcones y ventanas que evocan a mi fantástica Colombia.

Volví con la certeza de querer pasar más inviernos bajo ese cielo, con la evidencia de que lejos de mi tierra también existe un paraíso al que regresaré, no sé si a pasar los gélidos meses después de mi pensión, o las siguientes primaveras de este cuerpo cuarentón.

Y como cantaba Serrat:

Si un día para mi mal, viene a buscarme la parca
Empujad al mar mi barca, con un levante otoñal
Y dejad que el temporal desguace sus alas blancas
Y a mí enterradme sin duelo, entre la playa y el cielo…
En la ladera de un monte, más alto que el horizonte
Quiero tener buena vista, mi cuerpo será camino,
Le daré verde a los pinos
Y amarillo a la genista… Cerca del mar.

El imponente Ifach

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